Adán, el primer hombre
F. J. Cueva
Prefacio.
La noche es prístina, el cielo limpio dejaver más allá de toda duda la belleza de
las estrellas, todas perfectamente colocadas
como dando una señal… –Ha nacido –se escucha un grito retumbar en
el frío de la noche y por cada recodo de esta gran
ágora. A la vez, las escasas nubes se retiran dejando
ingresar la luz de la gran luna que permite observar
a este ser que se muestra tal cual es, una repulsiva
criatura–. ¡Ha nacido ya! –vuelve a gritar.
Es un hombre o podría parecer un hombre,
mas su rostro es el de una bestia colérica, contaminada
con esa enfermedad llamada rabia. Sus ojos
están inyectados de color rojo, con grandes venas
que se entretejen tras de un iris de color negro más
parecidos a los ojos de una serpiente que a los humanos.
Por su boca saliva o, mejor dicho, espuma,
escurre de manera constante entre los escasos dientes
totalmente irregulares y terminados en puntas,
algunos rotos otros completamente manchados de
color marrón.
»¡Mi señor!, ¡mi señor! Ella ya ha parido, y es
una niña –se escucha la voz chillona entre los dientes
de la criatura, a la vez que cientos de otras bestias
gritan, aúllan y hasta lloran de manera desgarradora–.
Hemos fallado, mi señor, ella ha nacido,
estamos condenados –dice la criatura mientras agacha
su cabeza de forma repetitiva y antinatural, delante
de su amo.
»Los carroñeros que mandamos tras ella han
fallado, mataron a sus guardias pero ella ha logrado
escapar. La oportunidad era perfecta; no entiendo
cómo es que pudieron dejarla ir. Mandamos a los
mejores rastreadores que tenemos, los mejores carroñeros...
–¿Cómo fue?, ¿qué pasó? –pregunta el amo de
la horrenda criatura.
–La esperamos fuera del castillo en París, como
lo ordenó mi señor. Ella salió como estaba dicho,
pero sus guardias eran más de los que nos dijeron.
Al terminar la batalla, contamos los cadáveres y la
buscamos pero su cuerpo no estuvo entre ellos. Los
rastreadores captaron su hedor entrando al bosque.
Alguien la ayudó, mi señor, y la llevó hasta el aeropuerto
Roissy-Charles de Gaulle en París.
–¿Ahí es donde la perdieron? –es una voz seria
y profunda que nace desde las sombras.
–La seguimos, mi señor, pero tomó un vuelo
hacia los Estados Unidos, llegó a Nueva York, y se
mezcló entre la gente y ya no supimos más de ella.
Seguramente estará ocultándose ahí o buscando
ayuda entres sus protectores –termina de hablar la
horrenda criatura entre sollozos.
–¡No! Ella ya no confía en ellos y es lista, no se
quedará en esa ciudad, correrá, huirá, se esconderá
bajo una roca si es necesario –el amo hace una corta
pausa–. Buscará una ciudad, un pueblo muy alejado
de todo para esconder a la niña y se mantendrá
oculta. Ella sabe que conocemos su rastro y que es
cuestión de tiempo para que demos con ella.
»Encuentren a la madre –grita el amo para que
todas las criaturas lo escuchen con claridad–, pongan
guardias en cada casa, cada castillo, cada lugar
donde ella haya estado o crean que vaya a estar. Vigilen
durante toda su vida, si es necesario. Si regresa,
la atraparemos y ella nos dirá dónde escondió a
la niña. Envíen más rastreadores y pongan precio a
la cabeza de las dos; de alguna forma, las encontraremos.
De entre las sombras, sale el amo para dejar
que la luna lo ilumine. Es un hombre vestido con un
traje y una gabardina oscura; está perfectamente
arreglado, tiene cabello corto y negro, rostro anguloso
y muy bien perfilado.
–Nada ni nadie lograrán impedir que yo tome
el poder y reine esta tierra como su único y legítimo
líder –de repente, de su mano sale una espada de
fuego y con ella corta la cabeza de la criatura mitad
hombre, mitad bestia.
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